Biografía

De pequeña, al igual que “El Barón Rampante” de Italo Calvino, siempre estaba subida a los árboles. Desde allí contemplaba la ría y me refugiaba de un mundo que me parecía bastante extraño e impredecible. Tenía la sensación de haber aterrizado en él sin unas instrucciones debajo del brazo, y así era imposible saber lo que se esperaba de mí. Por eso la mayoría de los días me caía algún castigo. Y no es que fuera una niña terrible, sino que mi imaginación desbordante trabajaba a una velocidad de vértigo, inventando juegos y situaciones que me abocaban directamente al desastre.

Si no ponía patas arriba el cuarto de jugar, cambiando todos los muebles de sitio para llevar a cabo historias y aventuras fabulosas, me tiraba desde lo alto del columpio porque quería entrenarme para ser paracaidista, o inventaba todo tipo de circos y atracciones peligrosas en los que embarcaba a mis hermanos pequeños, o me convertía en un indio salvaje. Luego estaba el colegio: ¿cómo podía atender a las explicaciones de las monjas, cuando tenía que dilucidar si debajo de aquellas tocas negras había pelo o tenían la cabeza afeitada? ¿Y por qué no se podía entrar en clausura: qué secretos terribles se cocían allí dentro?

Había tantas cosas que observar e imaginar a mi alrededor que era imposible centrarse en la pizarra. En cambio, tenía auténtica pasión por los libros, que leía y releía cientos de veces hasta sabérmelos de memoria: Celia, Cuchifritín, Guillermo Brown, La isla del tesoro, Mary Poppins, Peter Pan, Enid Blyton, Cuentos rusos, La tía Tula...

Todas las noches me dormía con el libro abierto y la luz encendida, no sin antes haber inspeccionado a fondo mi cuarto por si había algún monstruo o fantasma escondido. Era terriblemente miedosa, incapaz de quedarme sola en el piso de arriba.

En vista de que mis padres no conseguían hacerme salir de mi estado salvaje y curarme de mis locuras quijotescas, me enviaron interna a Madrid. Allí, gracias al ballet y la gimnasia (fui campeona de España a los trece y catorce años), me centré por fin en los estudios y los suspensos se convirtieron en sobresalientes. Sobre todo, cuando a los trece años pude dejar con gran alivio las matemáticas y estudiar Latín y Griego, que me apasionaban. Por las noches, cuando nos apagaban la luz, o bien nos contábamos por turnos los libros que leíamos, o bien leía con linterna debajo de las sábanas.

También escribía, sin orden ni constancia, algún que otro cuento o retazos de mi vida en papeles o agendas que me regalaba mi padre.

De ahí pasé a estudiar Derecho en Santiago de Compostela (todavía hoy me pregunto cómo pude elegir una carrera que nada tenía que ver conmigo). Pero había tantas cosas en mi vida que quizá por ello no me di cuenta a tiempo del error: era delegada de curso (fueron años de reivindicaciones y revueltas estudiantiles), escribía artículos de protesta en periódicos locales que, naturalmente, eran siempre censurados (si no les metían la tijera, les cambiaban el título), fundé un cine-club junto con otros estudiantes y con Alonso del Real, un catedrático estupendo que nos animaba en nuestra misión imposible (casi acabamos en la cárcel por la tontería), iba a clases de piano, de inglés y francés, hacía yoga y empecé a salir con el que hoy es mi marido.

Cuando todavía me faltaban cuarto y quinto, decidimos casarnos, así que acabé la carrera entre embarazos y niños, estudiando en el parque, con un ojo en el libro y otro puesto en ellos (a Álvaro, el segundo, le daba por desenterrar chicles y metérselos en la boca o escondía los zapatos por algún insólito lugar). La terminé por la UNED en Nueva York, donde vivimos cinco años, aunque iba a Washington a examinarme. Luego, al regresar a Madrid, estudié Filología Hispánica.

Con mis cuatro hijos empecé a inventar cuentos y aventuras que llevábamos a cabo. Ellos me enseñaron a contemplar el mundo con una mirada mágica, como si lo viera todo por primera vez, tratando de descubrir el lado oculto de las cosas. Y así me inicié en esta andadura apasionante que es la de contar historias.