-Como escritora, ¿utilizas algún “método”? ¿Haces esquemas antes de empezar o más bien te dejas llevar por los personajes? Es decir, ¿tomas tú las decisiones sobre lo que va a suceder o las decisiones te toman a ti?
 
Mi método es interiorizar mucho los personajes, necesito oír su voz por dentro, travestirme e ir madurándolos antes de ponerme a escribir, lo mismo que la idea de la novela. También suelo tomar notas, pero no hago esquemas. Me gusta que los personajes vayan llevando el timón según van cogiendo cuerpo. Y desde luego son ellos quienes deciden. Cuando leí “Niebla” de Unamuno, me maravilló que el personaje se enfrentara al autor, pero ahora que escribo, eso es lo que me ocurre a mí constantemente, que se me rebelan o me llevan por caminos insospechados. La verdad es que siempre logran sorprenderme. Por ejemplo, en “Nunca seré tu héroe” creí que Belén jugaría un papel secundario, y si me descuido, me empuja a Andrés. En cambio, con Dani me ocurrió lo contrario: pensé que sería el contrapunto de Andrés y hubo un momento que hasta llegó a desaparecer, lo recuperé casi al final.
 
-A lo largo de tus novelas, has demostrado tener un estilo propio. Construyes unos personajes que derrochan vitalidad, sentido del humor y sensibilidad, y, pese a utilizar un lenguaje muy cercano a los jóvenes, no renuncias a utilizar imágenes. Hay una imagen en “Nunca seré tu héroe” que me resulta especialmente sugerente: la de la piruleta. ¿Cuál es tu piruleta, ese talismán al que te aferras para saber dónde vas y para qué estamos aquí? ¿Cuándo y cómo la conseguiste?

 
Creo que mi piruleta es la imaginación, no podría vivir sin ella. La aplico a todo lo que hago, así tengo la impresión de construir el mundo cada día y de que siempre lo estoy estrenando. De pequeña ella me dominaba a mí volviéndome loca, pero en la adolescencia empecé a tratar de dominarla yo a ella y creo que cada vez lo hago mejor.
 
-¿Cómo sería la poción mágica que darías a los jóvenes? ¿Qué efectos tendría?

 
La ilusión por la vida, las ganas de luchar, de contemplar el mundo con ojos nuevos cada día y vivir poniendo mucha pasión en todo lo que hacen. Los convertiría en autores de su propia vida apartándolos del borreguismo y dándoles la oportunidad de vivir una gran aventura, la suya.
 
-Además de hablar de las andanzas y los sentimientos de los adolescentes, en tus novelas también aparecen los adultos tratados con el mismo respeto: con sus problemas, sus ilusiones… En este caso, el paro del padre de Andrés, la pelea con su mujer…; en Maldita adolescente, la madre de la protagonista también tiene su propia historia. Además, se muestra como los adolescentes entienden mejor a sus padres de lo que ellos mismos creen, y viceversa. De hecho, yo aconsejaría a los lectores de esta entrevista que dieran a leer este libro a sus padres, si no lo han hecho ya. Eso podría ayudarles a entenderse. ¿Sabes si tus libros tienen lectores adultos?
 
Muchos de los adolescentes que se han leído mis libros se los han recomendado a sus padres, que los devoran porque reconocen a sus hijos en los personajes, y ellos mismos se reconocen en su modo de actuar. Para algunos resulta una guía, un modo de acercarse a sus hijos y ponerse en su piel. Resulta curioso cómo al contemplarlos de manera más objetiva, en un libro, no se agobian tanto, los comprenden mejor. Algunos chavales me han dicho que, después de leerse el libro ambos, han pasado de estar todo el día como el perro y el gato a ser uña y carne. Y eso es una gran satisfacción. A mí misma me sirvieron para sentirme más cerca de mis hijos.
 
-¿Fuiste fan? ¿De quién?
 
Me encantaban los Beatles, pero escuchar su música, no fui una fan de esas que lloran y se vuelven locas por tocarlos. Sin embargo, en Nueva York tuve la oportunidad de hablar un buen rato con Paul McCartney y su mujer en una zapatería y me parecieron encantadores, nada divos. En realidad fueron ellos quienes se dirigieron a mí para interesarse por la tos tan fuerte que tenía mi hijo Álvaro. Me recomendaron que le diera Redoxon y se pusieron a hablar de sus hijos, de su granja… Yo le dije a Paul que mi hijo mayor, desde que tenía dos años, se sabía los nombres de los cuatro Beatles y era un gran fan de ellos. Y él me respondió que los niños saben muy bien lo que de verdad es bueno.
 
-En varios de tus libros, abordas el tema del amor y del sexo (“Yo digo amor, tú dices sexo”, “Las dos caras del Playboy”, algunos títulos de la colección “4 amigas”…). Bien, hablemos de sexo (y de amor). Adriana dice que a veces preferiría vivir a principios de siglo. También Iván es partidario de una forma de ligar más “caballeresca”, de ir más lento. ¿Crees que los jóvenes se ven obligados a ir más rápido de lo que ellos mismo desearían?
 
Pero luego Adriana quiere ir más rápido, quiere que la besen…
Creo que los jóvenes de hoy se sienten defraudados, desilusionados: les han vendido una moto que va a 300/h cuando aún no saben montar en ella. La trivialización del sexo no les ha hecho ningún favor, al contrario, andan bastante perdidos. A esa edad son muy vulnerables y les gusta vivir historias donde el amor vaya ligado al sexo, pero el bombardeo de mensajes sublimando el sexo por el sexo unido al miedo que tienen a sufrir sentimentalmente les hace buscar caminos equivocados que no les satisface en absoluto. Tienen prisa por llegar a la meta y se saltan todos los pasos intermedios. En cuanto a Adriana, como todos los adolescentes, es presa de sus propias contradicciones.
 
-Mmmh, pareces toda una experta en el tema. ¿Por qué no das a los lectores desesperados un consejo para ligar?
 
Cuando voy a los encuentros suelo decirles que es mucho mejor subir al Everest escalando con tu mochila al hombro que en helicóptero. En el primer caso, cuando llegas, te comes el mundo, revientas de felicidad (es el equivalente al enamoramiento con cortejo), mientras que si lo haces en helicóptero te acabas cansando enseguida (el rollo rápido y consumista). Con esto quiero decirles que no tengan prisa, que disfruten lentamente de cada momento, que no vivan el amor de manera superficial, que se preocupen de los sentimientos del otro, de conocerlo cada vez mejor. Una mirada o una caricia puede contener incluso más carga erótica que el propio acto de hacer el amor. Y sobre todo, que se muestren como son, que no oculten sus sentimientos porque acabarán perdiéndolos de vista. En el amor hay que arriesgar.
 
-También abordas el tema de la distinción entre hombres y mujeres, chicos y chicas. ¿Has hecho distinciones entre tus hijos y tu hija? ¿Te consideras feminista?
 
No me gusta el feminismo a ultranza por lo que tiene de radical, intento huir de cualquier fundamentalismo, pero sí considero que tenemos los mismos derechos. Creo que la sexualidad es algo inherente a la persona y por tanto debe tenerse en cuenta a la hora de educar, lo mismo que la personalidad de cada uno. Pero no he hecho ninguna distinción en cuanto a derechos y deberes. En casa todos desempeñan las mismas tareas (cocinan, friegan, ponen la mesa…) y tienen las mismas oportunidades. Ahora estamos pasando por un momento de acople después de que las mujeres hayamos estado muchos años relegadas a tareas de segunda y a esconder nuestros deseos, por eso es normal que se produzcan desajustes. Pero tenemos que evitar que cada sexo se apropie de lo peor del otro, o entrar en una guerra, no nos beneficia.
 
-¿A qué otras actividades profesionales te has dedicado?
 
He dado clases, he trabajado en la revista “Padres y Maestros” (todavía colaboro), he trabajado en la editorial SM (en Comunicación y Marketing, y como autora de libros de texto), y he impartido cursos a profesores.
 
(Hablando sobre la novela el poso amargo del café)
 
-Tengo entendido que está historia está basada en hechos reales. ¿Qué persona se esconde detrás del personaje de “Bruslí”? ¿Cómo lo conociste?
 
Es un chaval estupendo, con un gran corazón, y con una historia familiar terrible, cuyo poso amargo le lleva en la adolescencia a meterse por el camino equivocado. Lo conocí en la Ciudad de los Muchachos cuando tenía diez años. Yo colaboraba allí dándoles clases de apoyo a los que no eran capaces de seguir el curso normal, hablando mucho con ellos y llevándomelos algunos fines de semana a mi casa, con mis hijos. A “Bruslí” me lo llevé un verano que había suspendido cuatro asignaturas para que las recuperara y a la vez se lo pasara bien. Luego en la adolescencia le perdí el rastro cuando se fue de la CEMU y volví a retomar el contacto con él hace tres años.
 
-Tanto tú como los personajes de tus otras novelas proceden de un entorno social muy distinto al de esta. ¿Para ti supuso un esfuerzo especial reflejar este entorno?
 
No tanto reflejarlo como tener que vivirlo desde dentro del personaje, eso sí que fue duro, una auténtica catarsis. En cambio, para crear lo que es el entorno y el habla de los personajes me ayudó mucho haber conocido muy de cerca a los chavales de la Ciudad de los Muchachos, y haber hablado tanto con ellos. Y por supuesto, las largas conversaciones que mantuve con “Bruslí”. Para él fue una especie de psicoanálisis y creo que le ayudó a comprender algunos aspectos de su vida.
 
-El protagonista de la novela a ratos cree que su vida está trazada de antemano. “Es difícil librarte de tu pasado. A lo mejor hasta lo llevo en los genes”, dice. Sin embargo, su hermano es la prueba viviente de que de unos genes similares, salen cosas diferentes. ¿Crees que, de algún modo, personajes como Poli están predestinados? ¿O pueden cambiar su final?
 
Los fantasmas del pasado marcan una barbaridad a las personas y resulta bastante difícil librarse de ellos. La mayoría de la gente necesita la ayuda de un psicólogo para poder hacerlo y algunos no lo consiguen ni con ayuda. Pero evidentemente también hay muchos otros factores que influyen y que hacen que dos personas con un mismo pasado elijan caminos diferentes: la inteligencia, la personalidad, la fuerza que uno tenga, las compañías, las aficiones… Yo creo que todos esos chavales, aparentemente difíciles, son recuperables. La clave está precisamente en darles ese afecto del que han carecido, que tengan a su lado personas que las comprendan y les hagan creer en ellos mismos, que les devuelvan su autoestima hecha pedazos. Cuando no lo logran, es porque no han tenido esa posibilidad o porque el camino que han emprendido ya no tiene vuelta atrás como en el caso de Poli.
 
-Confiesa: ¿qué sabías tú sobre las drogas antes de empezar esta novela? ¿Y después? ¿Qué aprendiste?
 
Tenía una información quizá a un nivel más intelectual: lo que lees en revistas y periódicos. Especialmente, el curso de “Di que no” de Jesús Garrido en la revista “Padres y Maestros”. También había leído novelas y visto películas sobre el tema. Pero, sin duda, meterme a vivirlo desde dentro de un personaje me ha servido para entender mejor las motivaciones de la gente que lo hace, lo fácil que es engañarse y lo difícil que resulta salir de ella. La droga es una huida para no enfrentarse a un realidad a que a veces resulta dura, y no se dan cuenta de que es una trampa mortal hasta que ya están demasiado enganchados para poder salir de ella. Creo que la sociedad debería tomárselo más en serio, no solo con campañas anti-droga, sino ofreciendo alternativas de ocio a los jóvenes y preparándolos para la sociedad que les ha tocado vivir.
 
Como madre, ¿cuál ha sido tu actitud respecto a las drogas con tus hijos?
 
Hablar con ellos de este y otros temas con una gran claridad, pero, sobre todo, darles una formación lo más completa para que sean capaces de enfrentarse a la vida sin necesidad de falsas muletas. Me he preocupado de que sean responsables, de que tengan una actitud positiva frente a las dificultades, de que desarrollen al máximo su potencial creativo, especialmente a través de la música y la literatura y de que hagan deporte. También he tratado de enriquecer su mundo cultural viajando con ellos, llevándolos a exposiciones, museos, conciertos, ballet, teatro, cine… Nunca les he regateado clases extras de música, idiomas o deportes y viajes de estudio, pero, en cambio, les he dado el dinero muy justo para sus salidas. Creo que hoy los chicos disponen de un dinero de bolsillo excesivo.