Escribir para vivir mejor

Flaubert aconsejó a una amiga: “¡Lee para vivir!”. Yo aconsejaría a todo el mundo: “Escribe para vivir”, porque hacerlo te ayuda a comprender mejor el mundo, a ti mismo y a los demás. Para mí escribir es un verdadero aprendizaje de vida. Cada libro que escribo me permite ir más allá de la superficie de las cosas, contemplarlas desde ángulos diversos, adoptar diferentes puntos de vista, meterme en la piel de los distintos personajes, adentrarme en ese complejo mundo de los sentimientos y hurgar en los conflictos que los provocan.

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¡Vaya ejemplo!

Si nos preguntarais a los chavales si queremos aprender a debatir, a respetar la opinión de los demás, a ser tolerantes, respetuosos, bien educados y buenos compañeros, a cuidar el colegio, la ciudad y el medio ambiente, naturalmente os diríamos que sí. Aunque francamente creemos que son los políticos quienes más necesitan esta asignatura. Estamos hartos de que nos utilicen como moneda de cambio para sus guerras particulares, de ser los conejillos de Indias de unos padres de la patria tan mal avenidos.

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La casa por el tejado

Hasta el año pasado la Lengua me parecía un rollo infumable. Esos análisis morfológicos y sintácticos interminables e incomprensibles, cuyo método cambiaba aleatoriamente a gusto del profesor: lo que para uno era sintagma preposicional, para el otro no lo era “porque la preposición no es núcleo de nada”; el complemento de uno era el implemento de otro; lo que unos defendían como sintagma adjetival otros lo declaraban una proposición adjetiva…

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Se habrá equivocado

Cuando el médico dijo con mis análisis en la mano: “Tiene muy alto el colesterol”, mi madre saltó como un resorte: “No puede ser, si es un niño, se habrá equivocado”. Los dos la fulminamos con la mirada, el médico por dudar de su profesionalidad y yo por que me hubiera llamado niño cuando me afeito el bigote. Pero a renglón seguido la ignoró y se dirigió directamente a mí, dejando claro que no era ningún niño y podía responder por mí mismo.

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El día después

Después de dos semanas en las que fechas, fórmulas matemáticas, obras literarias y verbos irregulares en francés se mezclaban dentro de mi cabeza como un cóctel agitado por un barman, una vez pasada la euforia de haber terminado los exámenes, me ha sobrevenido el vacío más absoluto. De pronto he tenido la sensación de encontrarme al borde de un precipicio, como si mi vida se hubiera parado en seco, y he sentido vértigo. Rápidamente me he puesto a llamar a mis amigos, mandar sms, meterme en el messenger…

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Las buenas intenciones

Uno empieza el curso lleno de ganas y buenos propósitos: “Este año me voy a comer el mundo. Estaré atento en clase. Estudiaré desde el principio. Haré todos los días los deberes...”. Todavía sientes la energía del sol y la fuerza del mar en tus venas. Estás moreno, lleno de vida, deseando reencontrarte con tus colegas para contarles tus ligues del verano y todo te parece posible. Por eso entras en el instituto ilusionado con el cambio de curso, de profesores, de asignaturas.

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A la deriva en un mar de sexo

Nunca se ha hablado tanto de sexo y, sin embargo, nunca los adolescentes han estado tan perdidos, tan desconcertados, tan asustados y tan desbordados por este tema como en el momento actual. En el transcurso de una generación hemos pasado del secretismo, la ocultación y la reprobación moral a la más absoluta trivialización del sexo. Y lógicamente, al pasar de un extremo al otro, se han producido importantes desajustes.

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Los miedos adolescentes

Cada vez que entro en un aula o en un salón de actos repleto de adolescentes veo lo mismo, sus miedos e inseguridades. Desafiantes o tímidos, callados o bullangueros, matones o retraídos, todos sin excepción los reflejan en sus ojos. Sus cuerpos, cada vez más altos y todavía sin formar del todo, tratan de ocultar a los demás sus corazones de niños indefensos, su vulnerabilidad, su impotencia, sus temores, sus sueños, sus emociones latentes a flor de piel, su imperiosa necesidad de ser queridos.

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