Marta: No entiendo por qué en los exámenes siempre pone algo que no ha explicado.
Daniel: No sé qué me pasa en los exámenes. Por más que me sepa el tema, siempre tengo fallos.
Nuria: ¿Por qué tienen que poner todos los exámenes en cinco días? A veces tenemos tres en un mismo día. ¡Es de locos! Al final estás tan cansada, que ya no sabes ni lo que pones.

Ramón: Llevo una semana sin dormir y tomando cafés.
Ana: Ya no sé qué ponerle a este profesor en los exámenes. Aunque me salgan fenomenal, no paso del siete.
Juan: Este profesor lo que quiere es que le pongas todo al pie de la letra.
Belén: Te matas a estudiar, para que luego te ponga un examen tipo test.
Pedro: Mucha evaluación continua, pero la única nota que cuenta es la del examen.
Alicia: Como no se produzca un milagro, es imposible que me dé la media para entrar en medicina.
Guillermo: En cuanto termino el examen, ya no me acuerdo ni de qué era el tema. Sólo pienso en el siguiente.
Carmen: ¡Vaya chorra tuve! Justo me tocaron los dos temas que me sabía.
Luis: De verdad que soy gafe. Sólo me dejé dos preguntas sin estudiar, y me cayeron.
Cristina: ¿Tú qué has puesto en la dos?... ¿Pero no era lo de la sociedad? ¡Jo! Si es que pregunta las cosas de una manera...
Jacobo: Antes yo estudiaba para saber, pero ahora estudio para aprobar. ¿De qué me sirve saber mucho si luego no entro en la carrera que quiero?
Gabriela: ¡Qué coñazo aprenderse todo esto! Total, luego se te olvida todo.
Alfonso: Cada profesor se cree que los únicos exámenes que tenemos son los de él.
Paloma: Con tanto examen, tengo la sensación de estar siendo juzgada permanentemente.
Diego: No sé por qué siempre nos hacen exámenes escritos. Yo sacaría mucha mejor nota si nos los hicieran orales.
Rocío: Pues yo me pondría mucho más nerviosa.
Ignacio: Eso es porque no estamos acostumbrados a tener que hablar en público. Y resulta que luego, en el trabajo, es importantísimo. Mira los políticos, o los abogados, o los profesores, que te cascan cada rollo...
Julia: Cada vez que me devuelven un examen con un cate y lleno de bolígrafo rojo, tengo la sensación de que me están llamando estúpida.
Adolfo: Los exámenes no sirven para nada. Lo que cuenta es lo que tengas en el coco.
Lucía: Vete a contarle eso al de Física.
Jaime: Los profesores siempre van a cazarte.
Mónica: A mí me hace gracia que digan que el examen da igual, que lo que importa es saber. ¡Que se lo digan a mis padres! En lo único que se fijan es en la nota.
Jorge: Dímelo a mí, que este mes llevo cuatro suspensos, me van a matar en casa.
Don Agustín: Me paso el día corrigiendo exámenes. Mira la pila que tengo para llevarme a casa este fin de semana.
Doña Rosa: Yo estoy aburrida de leer tantos disparates.
Don Manuel: El nueve es para el que sepa tanto como yo y el diez para el que sepa tanto como Dios.
Doña Aurelia: Cuando les devuelves el examen, lo único que les importa es la nota. No se fijan en lo que está mal y por qué.
Don Rogelio: Y por unas décimas ya te están reclamando la nota.
Doña Pilar: El día que tienen examen, no hay quien los aguante. Es imposible que atiendan la clase. En cuanto te das media vuelta, ya están sacando el libro para repasar.
Don Eduardo: La única manera de que estudien es poniéndoles exámenes.
Doña Eulalia: Pues yo tengo la sensación de que cuantos más exámenes, menos saben.
Don Arturo: ¡Qué va! La única manera de que cojan un poquito de miedo es amenazarles con un examen. Si no, te pierden todo el respeto.
Doña Olvido: A mí me preocupa que lo único que les importe sean los exámenes y las notas.
Don Evaristo: En nuestra época ni rechistábamos cuando nos ponían un examen, en cambio ahora casi tienes que negociar con ellos las fechas.
Doña Asunción: A mí me encantaría no tener que examinar, pero con los programas tan cargados que tenemos y la cantidad de alumnos que hay por clase, a ver qué otra manera tienes de medir lo que saben.
Don Roberto: Yo noto que muchos se bloquean en los exámenes.
Doña Eugenia: Pues por eso hay que hacerles muchos exámenes y de diferentes tipos, para que cojan práctica. Si no, en la Selectividad están perdidos.
Don Leopoldo: Yo creo que para unos chicos que manejan el ordenador, el Internet y que además tienen que hablar varios idiomas porque el mundo es cada vez más pequeño o más grande, que ya no lo sé, habría que inventar otro sistema que no fuera el examen tradicional.
Doña Genoveva: A lo mejor los que no estamos preparados para otro tipo de pruebas de evaluación somos nosotros.
Don José: Yo lo único que sé es que cuando se trata de repetir información dan un nivel aceptable. Pero, como les pidas  algo de reflexión personal, se pierden.

¿Cuántos exámenes habremos pasado a lo largo de nuestra vida?
¿Cuántos nos han hecho crecer en conocimientos y como personas?
¿ Cuántos nos han supuesto una frustración y un daño en la autoestima?
¿En qué medida los exámenes han supuesto una clara merma en nuestra salud tanto física como mental?
¿Qué hemos aprendido con los exámenes?
¿ Por qué es la única forma de evaluar conocimientos que se ha encontrado hasta ahora?
¿Por qué en los exámenes sólo se mide el grado de información que se tiene sobre una materia?
¿Es el examen la única manera de demostrar lo que uno vale?
¿ Sirven los exámenes para ayudar a pensar a los alumnos o les impiden cualquier reflexión personal?
¿Es el mejor alumno el que mejores notas saca?
¿Qué tipo de inteligencia es más útil a la hora de hacer exámenes?
¿Por qué los exámenes son siempre escritos?
¿Estudian los alumnos para aprender o porque tienen que hacer exámenes?
¿La profusión de títulos “master” responde a la ineficacia del sistema de exámenes?
¿Sirven los exámenes para preparar mentes críticas?
¿Da pie el examen para que uno demuestre su creatividad, su capacidad de análisis y su mente inquisitiva?
¿Importa más la información que uno tenga que lo que hacer con dicha información?
¿Es la evaluación continua una manera de camuflar exámenes?
¿Qué se evalúa al examinar?
¿No estará encubriendo el examen el fracaso del sistema de enseñanza?
¿Por qué todos los profesores se quejan de tener que dar el programa al galope, pero, cuando se habla de descargarlo, ponen el grito en el cielo porque piensan que van a bajar los niveles?

¿De qué me han servido los exámenes?

En mi vida ha habido dos etapas claramente diferenciadas respecto a los exámenes y los resultados de los mismos: hasta los trece años, donde había más suspensos en mis notas que aprobados; y, a partir de los trece, cuando rara vez bajaba del sobresaliente y todo el mundo se felicitaba porque al fin me había convertido una buena chica.

Durante muchos años he estado convencida de que esa línea invisible de demarcación separaba la etapa mala de la buena, la etapa de analfabeta de la etapa de brillante-alumna-que-puede-conseguir-lo-que-se-proponga. Y siempre he creído que si hubiera suprimido esos primeros años de mi vida, mi cerebro -que no mi persona- no se hubiera perdido nada, puesto que yo entonces no le daba la oportunidad de aprender cosas. Sin embargo, ahora veo que ni esa primera etapa resultó baldía ni en la segunda me convertí en uno de los seres más sabios de la Tierra -como mis notas parecían indicar-.

En esa primera etapa mi mente estaba  más preocupada en por qué las cosas eran tal y como nos decían las profesoras que eran y no de otra manera, y en suplir con la imaginación lo que quedaba fuera de mi entendimiento, que eran la mayoría de la cosas. Mi mente, pues, se negaba a asimilar lo que no entendía y apartaba todo aquello que le producía un aburrimiento atroz. O sea, que estaba en barbecho. Como consecuencia, las profesoras me obsequiaban con los consabidos suspensos, mi padre se enfadaba y yo pensaba que debía resignarme a mi cortedad de mente a la vez que miraba con asombro a esas niñas que siempre sabían la respuesta correcta y sacaban sobresalientes en todos los exámenes. No entendía cómo podían hacerlo, puesto que mi lógica nunca coincidía con la de las profesoras.

Sin embargo, a pesar de que las notas declararon mi completa ineptitud para el aprendizaje en aquella época, creo que fue una de las más ricas y provechosas de mi vida. Las preguntas que, debido a mi timidez casi enfermiza, nunca me atrevía a formular an alto, resultaron ser las mismas que se habían hecho la mayoría de los filósofos a lo largo de la historia (hecho que pude comprobar cuando estudié filosofía); y  las respuestas que mi imaginación, que no la lógica, fabricaba para acallar mi mente no eran tan descabelladas como yo creía. La imaginación que, como ya he dicho, desarrollé a raudales para soportar la marginación escolar y el aburrimiento en mi infancia ha sido mi instrumento más útil tanto para mi trabajo como para mi propia vida y para ayudar a crecer a mis hijos. Y la cantidad de libros de ficción que llegué a leer en lugar de los que a mí me parecían tediosos libros de texto me enseñaron bastante sobre la vida y la psicología de las personas.

Pero todo lo que aprendí en esa primera etapa quedó sin evaluar. Nadie me examinó de todo eso que tan útil me ha sido luego. Y, en cambio, me examinaban de todo aquello que nunca sabía y, por tanto, siempre era objeto de suspenso. ¿Qué pude sacar de los exámenes de entonces? Desde luego una autoestima por los suelos, disgustos con mi padre, horror por el aprendizaje y, finalmente, la búsqueda de un camino que me permitiera sacar buenas notas.

Para lograr esto último tuve que someter e incluso marginar a mi imaginación, robar tiempo a  la literatura en favor de los libros de texto y dejar de cuestionarme el por qué de las cosas para ir en directo hacia ellas. No digo que el esfuerzo no mereciera la pena ni que en esa segunda etapa de mi vida no hubiera aprendido nada. Pero sí es verdad que muchas veces tuve que renunciar a aprender en favor de una buena nota, sobre todo en la universidad: me refiero a esos casos en los que el profesor prefería que le soltaras al pie de la letra su libro o apuntes (generalmente muy poco o nada recomendables)   en lugar de que leyeras otros libros y reflexionaras  sobre el tema. También es verdad que fue mi etapa de menor creatividad. Y, por supuesto, la “neura” de lograr la máxima nota resultó a menudo el árbol que me impedía ver el bosque.

¿Se puede aprender sin exámenes?

Sócrates no necesitaba examinar a sus alumnos porque no trataba de inculcarles conocimientos sino que les transmitía los suyos y les enseñaba a caminar por la vía del pensamiento y de la reflexión. Es verdad que la población ha crecido mucho desde entonces y la historia ha ido dejando sus huellas. Pero creo que es un error además de un utopía empeñarnos en que nuestras mentes sean un puro contenedor de dichas huellas. (¿Para qué nos sirven? ¿Adónde nos llevan?). Y es un error que la masificación nos convierta en máquinas de hacer exámenes.

Hoy la cantidad de información es inabarcable para cualquier mente. Por eso creo que deberíamos plantearnos si no sería mejor preparar mentes capaces de seleccionar, procesar, investigar y reelaborar esa corriente de información que nos llega en lugar de embucharla toda a presión, como los chorizos. En un mundo donde unas máquinas altamente especializadas van a hacer parte de nuestro trabajo sería absurdo perder lo mejores años de nuestra vida tratando de competir con ellas al mismo nivel. Y esto es lo que estamos haciendo con el arcaico sistema de exámenes: tragar información  y vomitarla.

Aparte de ser estresante, acabamos por deshumanizarnos y perder el interés por aprender, puesto que  la única prueba de que uno ha aprendido es el examen. Un tipo de aprendizaje utilitarista: aprendemos para pasar la selectividad, que, a su vez, nos abrirá las puertas de la universidad, que, a su vez, nos dará la llave para encontrar un buen trabajo. Así que, una vez conseguida la meta, ¿para qué seguir aprendiendo? ¡Hombre, a no ser que suponga una promoción! Entonces podría valer la pena...

Publicado en el periódico Escuela