Desde muy pequeña tuve vocación de maestra. Lo que más me gustaba era jugar con mi hermano menor a los colegios, la mayoría de las veces con su consentimiento, aunque tengo que confesar que en ocasiones tenía que recurrir al chantaje o la amenaza (sé que no son métodos muy pedagógicos, pero los cuatro o cinco años que tenía podrían justificarlos). Sin embargo, conforme van avanzando los cursos que voy estudiando, va desapareciendo esa temprana y pertinaz vocación que mostraba desde mi más tierna infancia, enseguida entenderán por qué.

Cuando estaba en 6º de Primaria, tuve una profe genial, una de ésas que hacen que quieras ir a clase cada día y que la conviertes en el oráculo de Delfos. Era joven y guapa, con muchas ganas de enseñar y una gran energía, pero, a pesar de ello, después del primer trimestre ya le habían salido unas cuantas arrugas en la frente, al final del segundo necesitaba tomarse un frasco de reconstituyente cada mañana para poder asistir a clase y al acabar el curso supongo que tendría que ir directamente a algún balneario o casa de salud. ¿Cuál era la razón para tan fatal desenlace? En la clase había ocho alumnos que tenían problemas de conducta (en realidad eran doce, pero he puesto menos para que me crean), uno hiperactivo, cinco extranjeros que no hablaban español y tres que provenían de familias marginales. Les puedo asegurar que aquello era más agotador que remar en las galeras. Cada día venía con ideas renovadas para tratar de integrar a los que desconocían la lengua, estimular a los problemáticos y calmar al hiperactivo, porque lo que funcionaba un día dejaba de hacerlo al siguiente. Exprimió al máximo su creatividad, su paciencia y su dedicación mientras su salud la iba abandonando paulatinamente.

En el curso siguiente, 1º de la ESO, presencié cómo un alumno insultaba a un profesor llamándolo gilipollas y a otra hija de puta, sufrimos la baja de una profesora por depresión, la afonía de otra que se tuvo que operar de pólipos en la garganta y constantes faltas de respeto que iban en aumento. También nos acostumbramos a atender  a las explicaciones con un permanente murmullo de fondo que a veces se convertía en auténtica algarabía. Era una situación tan aceptada por todos, que hasta el de inglés les pidió un día: “¿Podrían hablar más bajo?”. Naturalmente sabía que ordenarles silencio era una utopía, no pueden pedirse imposibles.

Me salto 2º de la ESO porque no hubo novedades dignas de mención, fue más de lo mismo, y voy directamente a 3º. En este curso el nivel de violencia subió considerablemente: un grupito de tres alumnos amenazaron a una profesora con rajarle la cara si no los aprobaba, vimos salir llorando de clase a otra recién licenciada, fuimos testigos de las amenazas del padre de un alumno al director, de las ruedas rajadas de su coche y del balonazo que le lanzaron intencionadamente a un profesor en el patio con el que casi le vuelan la cabeza, amen de varios casos graves de acoso escolar a alumnos.

Después de todo lo que les cuento, entenderán que se haya ido desinflando mi vocación, esa vocación de ser una profesora supermegaguay. Yo tenía muy claro el  tipo de maestra que quería ser (me gusta más esta palabra porque implica enseñanzas que van más allá de la propia asignatura), mi mente la había ido forjando con los modelos tanto buenos como malos que había tenido. Sería una de ésas que entendería a los alumnos, les ayudaría a entenderse a sí mismos y a comprender el mundo en el que vivimos, abriría sus mentes, los alentaría infatigablemente en su trabajo, los estimularía proponiéndoles constantes retos para su inteligencia, les transmitiría mi pasión por la asignatura y por querer saber siempre un poco más, haría las clases muy participativas, les enseñaría métodos de trabajo, trataría de desarrollar su capacidad crítica, les enseñaría a pensar y a reflexionar sobre lo que estudian en lugar de recitar los temas como papagayos; también me preocuparía de ellos como personas, intentando transmitirles valores, potenciar su inteligencia emocional y ayudarles a creer en sí mismos. En ningún caso los etiquetaría, ni profetizaría desastres agoreros, ni utilizaría la ironía como arma arrojadiza, ni haría uso de favoritismos, ni cometería injusticias ostensibles, ni discriminaría a nadie. Además intentaría ser una buena conductora de grupo, favoreciendo un buen ambiente y evitando el mal rollo y la discordia permanentes, tratándolos en todo momento con el respeto que se merecen y exigiéndoles lo mismo. Por supuesto evitaría aburrir al alumno, para lo cual me entrenaría en las técnicas de oratoria, dramáticas y de expresión, relacionaría mi asignatura con la vida diaria y los acontecimientos que ocurren en el mundo, utilizaría la prensa, internet y la televisión como método de trabajo, así como el teatro, y comentaría libros o artículos que he leído al hilo de los temas que se van estudiando. Naturalmente estaría al día tanto en sus gustos musicales como literarios o cinematográficos y me interesaría por sus aficiones además de promover salidas y viajes culturales.

Todo esto, pensaba yo, me haría llegar a ser una buena maestra, pero, visto lo visto, me he dado cuenta de que ya no basta solo con la vocación, hay que tener madera de héroes, y no sé si la tengo.